Diferencia entre miedo, angustia y ansiedad
Básicamente la sensación
de angustia es muy similar al estado que domina al individuo
con miedo.
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En ambos casos, además
de la sensación subjetiva y psicológica de
temor y amenaza, existen una serie de síntomas corporales
y respuestas del organismo que son muy similares a las que
presentan los animales cuando tienen que huir o enfrentar
un peligro exterior. Ante una amenaza externa el organismo
se pone alerta, preparándose para la acción.
Necesita más energía en cerebro,
brazos y piernas, lo que se consigue a través del
oxígeno que llega a través de la sangre. Entonces
el corazón late más deprisa y se eleva la
tensión arterial, además de respirar más
profundamente para captar más oxígeno. Los
músculos se tensan igualmente como forma de preparación,
mientras que el sudor permitirá eliminar el exceso
de calor muscular. Además, existen otra serie de
ajustes internos como ciertas modificaciones en los componentes
de la sangre, para que en caso de recibir heridas éstas
coagulen rápidamente. También la digestión
se enlentece para reservar más sangre para cerebro
y músculos, así como la pupila se dilata como
manera de aumentar la discriminación visual.
Vemos entonces que existen toda una serie
de modificaciones corporales, que si son tomadas por sí
solas pueden ser sugerentes de enfermedad, pero que no son
más que respuestas adaptativas normales y saludables
ante una amenaza exterior.
Sin embargo, entre el miedo y la angustia
existen una serie de matices que nos permiten diferenciarlos
claramente. Mientras que el miedo podemos considerarlo como
una reacción normal frente a peligros o amenazas
que vienen del exterior y son claramente reconocidos por
el individuo, la angustia aparece como un sentimiento aparentemente
inmotivado y en la mayoría de las ocasiones independiente
de las circunstancias objetivas externas. El miedo se acompaña
siempre de algo concreto a lo que se teme, mientras que
en la angustia no se puede reconocer ese objeto, es un miedo
indefinido o en todo caso los temores están asociados
con situaciones frente a las que el individuo admite que
está respondiendo desproporcionadamente.
Existen también
períodos en el desarrollo evolutivo del individuo,
en el que éste no está libre de sentimientos
angustiosos como respuesta a circunstancias vitales adversas,
tales como pérdidas o separaciones de seres queridos.
Este tipo de angustia es considerada como normal
y puede ser reflejo de la puesta en marcha de mecanismos
de adaptación.
La ansiedad es difícil diferenciarla
conceptualmente de la angustia, utilizándose ambas
palabras de forma indistinta en muchas ocasiones. Las dos
comparten una misma raíz etimológica (ANKH)
que se mantiene a lo largo de las diferentes palabras, más
o menos sinónimas, del tronco común de lenguas
indoeuropeas. La palabra originaria quería decir
angosto, estrecho o constreñido, con equivalentes
muy precisos incluso en lenguas más remotas. Por
ejemplo, en egipcio antiguo, para hacer alusión al
miedo intenso se utilizaban dos símbolos, uno indicativo
de estrechez y otro representando a un hombre tumbado como
si estuviera muriéndose.
Para nosotros y en general, la angustia
hace referencia a una sensación más corporal,
opresiva, sobrecogedora, que llega a "encoger"
el pecho o el estómago, el temor a morir o enloquecer
lentifica el paso del tiempo así como inhibe a la
persona. La ansiedad sería una sensación más
mental de sobresalto y desasosiego mantenido, el tiempo
aparece como acelerado mientras se teme que cualquier cosa
negativa puede ocurrir y la persona se siente continuamente
en tensión y con "necesidad de aire".
Cierto grado de ansiedad es deseable y
necesario para el normal manejo de las exigencias de la
vida cotidiana, jugando un papel muy necesario en la respuesta
general de adaptación ante el estrés. Este
nivel de ansiedad permite mejorar el rendimiento personal
y la actividad, pero cuando rebasa un cierto límite
aparece una evidente sensación de malestar y se deteriora
el rendimiento.
La relación entre la ansiedad y
el rendimiento se puede representar como una curva con forma
de U invertida y se conoce como Ley de Yerkes-Dobson. Esta
ley fue enunciada en 1908 y, aunque hoy no se acepta de
forma tan simplificada, sigue teniendo una validez importante
para entender el fenómeno de la ansiedad y sus consecuencias.
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