La Soledad
Los psicólogos consideran
que alguien está solo cuando no mantiene comunicación
con otras personas o cuando percibe que sus relaciones sociales
no son satisfactorias.
revista.consumer.es
Tres características
definen la soledad: es el resultado de relaciones
sociales deficientes, constituye una experiencia subjetiva
ya que uno puede estar solo sin sentirse solo o sentirse
solo cuando se halla en grupo; y, por último, resulta
desagradable y puede llegar a generar angustia.
La soledad, salvo excepciones, es una experiencia
indeseada similar a la depresión y la ansiedad. Es
distinta del aislamiento social, y refleja una percepción
del individuo respecto a su red de relaciones sociales,
bien porque esta red es escasa o porque la relación
es insatisfactoria o demasiado superficial. Se distingue
dos tipos de soledad: la emocional, o ausencia de una relación
intensa con otra persona que nos produzca satisfacción
y seguridad, y la social, que supone la no pertenencia a
un grupo que ayude al individuo a compartir intereses y
preocupaciones. Parece, por otro lado, que la soledad está
relacionada con la capacidad de las personas para manifestar
sus sentimientos y opiniones.
Cuando nuestra habilidad para relacionarnos
es deficiente, aumenta la probabilidad de que nos quedemos
solos ya que las relaciones que mantenemos son menos entusiastas
y empáticas. En general, las personas con problemas
de neurosis se muestran convencidas de que no resultan amables
ni dignas de ser apreciadas, y rechazan cualquier tipo de
amigos potenciales con el objetivo de protegerse a sí
mismos del posible rechazo. La soledad esta muy relacionada
con la pérdida de relaciones con ese conjunto de
personas significativas en la vida del individuo y con las
que se interactúa de forma regular. La definición
más común de soledad es la de carencia de
compañía y que se tiende a vincularla con
estados de tristeza, desamor y negatividad, obviando los
beneficios que una soledad ocasional y deseada puede reportar.
La ausencia de un ser
querido
Cuando (por separación en la pareja,
fallecimiento de un ser querido u otra causa) desaparece
de nuestra vida alguien a quien hemos amado o que ocupaba
un espacio estelar en nuestra cotidianeidad, nos invade
una particular sensación de soledad, un vacío,
una nada enmudecida que nos sume en la tristeza y la desesperanza.
Hemos de sobrellevar la dolorosa percepción de horfandad,
de ausencia de una persona insustituible. Nos vemos perdidos
y sin referencias en las que antes nos apoyábamos
para afrontar la vida.
Somos seres sociales que necesitamos de
los demás para hacernos a nosotros mismos. Y no sólo
para cubrir nuestras necesidades de afecto y desarrollo
personal, sino también para afianzar y revalidar
nuestra autoestima, ya que ésta se genera cada día
en la interrelación con las personas que nos rodean.
La pérdida es irreemplazable pero
no debe ser irreparable. Ese hueco o, mejor, su silueta,
quedará ahí pero si nos permitimos sentir
la tristeza y nos proponemos superarla a base de confianza
en nosotros mismos, podremos reunir fuerzas para establecer
nuevas relaciones que cubran al menos parcialmente ese déficit
de amor que la ausencia del ser querido ha causado. Hemos
de intentar que la carencia de esa persona no se convierta
en una carencia general de relaciones. Esta soledad es dolorosa,
pero puede convertirse en positiva si la interpretamos como
oportunidad para aprender a vivir el dolor sin quedarnos
bloqueados. Y para generar recursos y habilidades para continuar
transitando satisfactoriamente por la vida. Debemos interiorizar
y controlar el dolor, sabiéndolo parte inherente
a la vida, aprendiendo a no temerlo y a no mantenernos al
margen del sufrimiento como si de una debilidad o incapacidad
se tratara. Quien sabe salir del dolor está preparado
para disfrutarla la plenitud en momentos venideros.
La soledad social
La de quien apenas habla más que
con su familia, sus compañeros de trabajo y sus vecinos
es una soledad muy común en este mundo nuestro. Nos
sentimos incapaces de contactar con un mínimo de
confianza con quienes nos rodean, tememos miedo que nos
hagan o nos rechacen. Plantamos un muro a nuestro alrededor,
nos encerramos en nuestra pequeña célula (en
ocasiones, incluso unipersonal) y vivimos el vacío
que nosotros mismos creamos y que justificamos con planteamientos
como "no me entienden", "la gente sólo
quiere hacerte daño", "para lo único
que les interesas es para sacarte algo", "cada
vez que confías en alguien, te llevas una puñalada".
Si la soledad es deseada nada hay que objetar, aunque la
situación entraña peligro: el ser humano es
social por naturaleza y una red de amigos con la que compartir
aficiones, preocupaciones y anhelos es un cimiento difícilmente
sustituible para asentar una vida feliz. Es una meta difícil
y las estructuras y hábitos sociales de nuestra civilización
frenan este empeño de hacer y mantener amistades,
pero merece la pena empeñar lo mejor de nosotros
en el intento.
Esa soledad no deseada puede convertirse
en angustia, si bien algunos se acostumbran a vivir solos.
Se revestirá esta actitud de una apariencia de fortaleza,
autosuficiencia, agresividad o timidez. Y todo, para esconder
la inseguridad y el miedo a que no se nos quiera o no se
nos respete.
Hay también otras soledades indeseadas,
como esas a las que se ven abocadas personas mayores, amas
de casa, o quienes muestran una orientación sexual
no convencional, o quienes sufren ciertas enfermedades,
incapacidades físicas o psicológicas o imperfecciones
estéticas.
Un estado transitorio,
nada más
La soledad es una situación que
hemos de aspirar a convertir en transitoria y que conviene
percibir como no forzosamente traumática. Podemos
mutarla en momento de reflexión, de conocernos a
fondo y de encontrarnos sinceramente con nuestra propia
identidad. Hay un tiempo para comunicarnos con los demás
y otro (que necesita de la soledad) para establecer contacto
con lo más profundo de nosotros mismos. Hemos de
"hablar" con nuestros miedos, no podemos ignorarlos
ni quedarnos bloqueados por ellos. Es conveniente que, en
ocasiones, optemos por la soledad. En suma, equilibremos
los momentos en que nos expresamos y atendemos a otros,
y los que dedicamos a pensar, en soledad, en nuestras propias
cosas.
Vencer la soledad no
deseada: unos pasos útiles |
1) Diagnóstico:
qué tipo de soledad es la que estamos sufriendo y
a qué circunstancias se debe.
2) Conocernos
bien. Dejemos a un lado el miedo a mirar dentro de nosotros,
y afrontemos la necesidad de saber cómo somos: nuestras
ilusiones y ambiciones, limitaciones y miedos, quién
quiero ser, cómo me ven, cómo me veo...
3) Fuera
la timidez. Tomemos la iniciativa para conseguir nuevas
relaciones. Establezcamos qué personas nos interesan,
y elaboremos una estrategia para contactar con ellas.
4) No
hay nada que perder. El miedo al rechazo es un freno para
entablar nuevas amistades o amores. El objetivo es importante,
no nos andemos con remilgos.
5) Sin
victimismos. El mundo resulta en ocasiones cruel, vulgar
y materialista, de acuerdo. Pero seguro que hay otras personas
que pueden estar deseando conocer a alguien como nosotros.
6) Encerrarnos
en nosotros mismos es reconocer la derrota. A la mayorìa
la soledad nos hace daño, y nos sienta mejor tener
con quién hablar, intimar y a quién querer.
7) No
somos tan raros como a veces pensamos. No hay más
que hablar en profundidad y confianza con cualquier persona
para comprobarlo. Podemos "llenar" a más
gente de la que creemos y nos pueden resultar atractivas
muchas personas que tenemos muy cerca.
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